Existencia lésbica afro-colombiana

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Hace varios meses, me di a la tarea de localizar al mayor número posible de mujeres lesbianas afrodescendientes, a través de la Internet. Además de que lo hice vía Internet, me valí de un pseudónimo para contactar a muchas de las que hoy en día son integrantes activas de mi comunidad. Mi objetivo era el de congregarlas en una comunidad que, en principio sería virtual pero que debería trascender el espacio de facebook y llegar a convertirse en un colectivo en la vida “real”.

Aunque es cierto que esta es una tarea a la que me di inspirada, en gran medida, por mis estudios en la Escuela de Género, reconozco también que el darme a ella obedeció a un impulso, a su vez generado por una necesidad de paridad, de solidaridad y de reconocimiento. Las lecturas sobre la interseccionalidad o (más recientemente) o la heterosexualidad obligatoria pudieron haberme estimulado pero sé también que a ellas anteceden inconformidades, indignaciones, frustraciones y temores que no habían encontrado medio de articulación.

En las líneas que siguen , me dedicaré a analizar ( o como mínimo explorar) esta empresa, y la forma en que surgió, desde mi propia experiencia, a la luz de planteamientos de Adrienne Rich, Monique Wittig y Patricia Hill Collins.

1. La pregunta por la visibilidad. ¿Realmente soy la única? ¿Somos tan pocas?

Antes de decidir buscar mujeres para conformar un círculo, me hice en primer lugar, la pregunta sobre la visibilidad: ¿Dónde estamos? ¿Por qué en los ambientes lésbicos que he conocido, suelo ser la única mujer negra? ¿Será posible que haya alguna razón para que existamos menos mujeres negras lesbianas o bisexuales? En ese momento no era evidente para mí que las mueres racializadas como negras, en este país, tuviéramos, necesariamente más razones que las blanco-mestizas, para invisibilizarnos como grupo. Me era posible pensar que al ser pocas (y sí, pensaba que efectivamente éramos pocas) no queríamos manifestarnos por miedo a los rumores que podrían delatarnos frente a nuestras familias, provenientes de ciudades pequeñas y/o pueblos, en el Pacífico o Atlántico del país, en los que mucha gente se conoce y en donde los rumores suelen diseminarse y crecer a la velocidad de la luz.

Supuse que ninguna de nosotras quería arriesgarse al escándalo pero no me era suficiente ninguna de mis herramientas conceptuales para analizar nuestra situación en el marco de un sistema macro de opresión.

Las lecturas de Adrienne Rich, sobre la existencia lesbiana y de Monique Wittig, sobre la heterosexualidad obligatoria me aportan sustento para seguir construyendo un discurso y una práctica subversivos, en la medida en que evidencian el carácter sistemático de la invisibilización de las experiencias de las lesbianas a lo largo de la historia. Aunque ninguno de los dos textos focaliza en la racialización ( que es en lo que difieren sus experiencias de vida y la mía ), sí me permiten identificar hechos, mecanismos y dispositivos de poder que se han implementado para impedir, entorpecer, obstaculizar y desaparecer las alianzas estratégicas entre mujeres, en aras del sostenimiento de un mundo estrictamente heterosexual socio-política y económicamente.

Wittig, en su ensayo The Straight Mind afirma que la estructura profunda y fundamental del lenguaje en la que construimos nuestro sentido de realidad social engendra, en sí misma, las categorías que, articuladas, producen la heterosexualidad obligatoria y simultáneamente, el obstáculo para subvertirla. La autora explica que el lenguaje simbólico en el que está escrito el contrato social que funda el mundo y que da sustento a nuestro imaginario de la realidad es de por sí heterosexual, que se naturaliza en el uso de la lengua y en las prácticas cotidianas y que (re)produce “los discursos que nos oprimen particularmente a nosotrxs, mujeres lesbianas y hombres homosexuales(…) y que “dan por sentado que la base de la sociedad, de cualquier sociedad, es la heterosexualidad”[1]. La autora subraya que, en el marco de las relaciones sociales que se derivan de este contrato, lxs no heterosexuales experimentamos una incapacidad de comunicar. (¿No comunicamos con otrxs pero tampoco entre nosotras mismas porque nuestro lenguaje no es legítimo? ¿Por qué nuestros lugares de enunciación no son visibles –ni tienen posibilidades de serlo- en el único sistema de escritura válido? ¿Porque no somos inteligibles?)

Rich, por su lado, y orientada por el concepto de continuum lésbico, que trasciende el deseo o la experiencia eróticos y que hace visible un tejido de relaciones (de resistencia) en las que nos identificamos profundamente unas con otras, devela muchas de las formas en las que el poder masculino (re)producido por y dentro de una sociedad basada sobre un contrato heterosexual tácito. Entre ellas menciona la obstaculización de la creatividad de las mujeres, el control de su sexualidad, las violaciones, etc.

Ambos enfoques me permiten entender que hay unas dinámicas de poder que hacen que todas las lesbianas tengan que luchar por preservar su existencia simbólica y material en un sistema que impone una única manera legítima de relacionarse en aras de mantener (el derecho a) la vida – en todas sus dimensiones-. Los planteamientos de ambas autoras me posibilitan la comprensión del lesbianismo no como una práctica o estilo de vida disidentes o alternativos a la heterosexualidad “natural, normal y de la mayoría” sino como un posicionamiento frente a un sistema que jerarquiza, legitima, deslegitima y penaliza las relaciones entre los sexos y así mismo, las formas de relaciones entre ellos. Puedo entender que si se piensa la heterosexualidad como norma que trasciende lo cotidiano o lo entendido como “social” y que toca lo político , lo económico y lo material, se entiende también el heterosexismo como una ideología que necesariamente oprime y amenaza de muerte ( en todas las dimensiones) a cualquier “disidente”. Sin embargo, desde mi propia experiencia como mujer que siempre se ha autoreconocido negra, que ha luchado desde sus posibilidades y en su contexto, contra el racismo y el clasismo y que , además ha decidido asumirse como no heterosexual, necesito un análisis que visibilice el rol y las implicaciones de la racialización en el sistema heterosexual. Leer a Wittig y a Rich me permite, en alguna medida, comprender que hay prácticas y condiciones sistémicas que nos dificultan a todas la congregación, la articulación, la organización, pero es Patricia Hill Collins quien me da más luces sobre por qué aparentemente las mujeres negras lesbianas y bisexuales, en particular, parecemos no existir en un contexto como en Colombiano.

2. No somos pocas. Es que estamos disgregadas. El heterosexismo no es neutro: está radicalmente racializado y es racializante.

Patricia Hill Collins afirma que el único privilegio social de los hombres y las mujeres afrodescendientes es el de la heterosexualidad (entendida aquí como orientación erótico-afectiva). De este planteamiento se obtiene el mayor nivel de significado cuando se piensa, como lo hace esta socióloga norteamericana, que la heterosexualidad obligatoria está sustentada por el racismo. Hill Collins, explica que las sexualidades de las mujeres y los hombres negrxs, han sido patologizadas y categorizadas como otras o desviadas/desviantes en el discurso del heterosexismo y en las prácticas que éste sustenta.

Como dije arriba, la afirmación de que, para el pueblo afro, el único privilegio es la heterosexualidad, cobra sentido cuando se piensa que uno de los aspectos fundamentales del racismo y de la discriminación es la estigmatización de la sexualidad. Lo que puedo observar desde adentro de la comunidad afro es que la lucha por la heterosexualidad se asume incluso como resistencia a la imposición del estigma de la hipersexualidad, lo que supone para nosotras, mujeres lesbianas de esta comunidad, una triple o más bien múltiple labor de resistencia: tenemos que ser leales a una lucha racial mancomunada -que no necesariamente respeta nuestra condición lesbiana. Al mismo tiempo, sentimos la presión para mantener nuestra condición en silencio dentro de la comunidad. Los hombres heterosexuales (y aun los afro homosexuales) nos demandan normalidad y solidaridad para con ellos. Además de eso, hay racismo en los círculos lésbicos de mayoría blanco-mestiza. Ya le hecho de vivir en el seno de círculos (familiares o socio-afectivos de cualquier otra índole) que preservan con tanto ahínco la heterosexualidad (aquí hay que contemplar también las amenazas de los grupos al margen de la ley y los abusos sexuales en el conflicto armado, tan presente en las áreas rurales de mayoría afro) nos dificulta la existencia. Nos hacemos invisibles hasta para nosotras mismas. De la misma vida en comunidad nos deriva la idea de que somos pocas y en los espacios en los que , numéricamente somos minoría , no somos reconocidas e incluso en el seno de nuestras relaciones afectivas con mujeres mestizas, somos discriminadas racialmente y también por motivos de clase socio-económica porque el empobrecimiento se ha ligado históricamente con la racialización.

3. ¿Puedo afirmar que mi colectivo está comprometido con una lucha política contra el heterosexismo?

Pienso que es un lugar en el que resistimos; en el que, al encontrarnos reunidas, siendo de tan distintos orígenes, convergimos en nuestra inquietud por la visibilidad, la solidaridad y el reconocimiento entre nosotras, en primera instancia. Sigo frente al dilema de la visibilización pues el grupo virtual es secreto.

Para finalizar quiero insistir en que, si bien las teorías de Rich y Wittig son esclarecedoras, es necesario, en aras de hacer justicia a todas las lesbianas, contemplar los factores raza y clase en los análisis de la heterosexualidad como régimen pues aunque todas debemos, en alguna medida, luchar por nuestro espacio vital, por nuestra existencia, no todas las existencias lesbianas son idénticas.

Dejo abierta la discusión (e ilustro lo que planteé antes) citando un fragmento de una conversación que sostuve recientemente con una amiga, también afrodescendiente:

Yo misma: qué puedes decir, a vuelo de pájaro, sobre la existencia lésbica afrocolombiana? O sea, cómo has llevado esa existencia tú, en estas condiciones, en este contexto?

Mi amiga: mmm……la existencia lésbica afrocolombiana va a tener unas formas particulares de co-existir con las demás experiencias lésbicas y afrocolombianas…..yo creo que debe madurarse mucho políticamente para lograr derrumbar ciertas normas y ordenes heterosexistas y racistas, pero por lo pronto que cada una viva lo que quiere vivir desde su lugar sexual, no creo que la represión sea la opción, pero sé que muchas mujeres afrocolombianas tienen que reprimirse por razones varias, valorables también. Pero, luego hablamos de manera más profunda, ahora te dejo, un abracito, chau.

Por Audre María Lorde Matamba
Docente universitaria
Máster en Estudios de Género
Universidad Nacional de Colombia.

Tomado de: voxafro.wordpress.com

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